Vida de médico en tiempos difíciles

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Autoría 
Venancio Martínez Suárez
Texto 

          El culto maníaco a la novedad le otorga a lo cambiante una visibilidad que deslumbra y un valor que muchas veces no tiene. En demasiadas ocasiones se nos informa de la banalidad y de lo que es solo moda, queriéndonos hacer creer que la noticia -y su incontrolable multiplicación- debe ser el objeto primario de nuestra educación en todas sus instancias. Y eso no es más que un concepto contaminado de consumismo y empobrecido en valores. Lo que nos hace buenos médicos –debiera aprenderse bien- no es el monto de la información que nos rodea, sino aquello que somos capaces de hacer con ella; ni la atracción ingenua por la novedad ni la inercia de la repetición de lo mismo. Lo que hace valioso un conocimiento médico es el grado en que puede ayudar a las personas a vivir más y mejor; el resto es consecuencia de un sistema que obliga a innovar casi nada y que todo lo convierte en mercancía.

          Hago ese comentario desde la triste convicción de que la ma-yoría de los médicos más jóvenes saben poco de algunas cosas. Un suceso nada anecdótico ocurrido en cuarto curso de carrera: ¿Quién fue Gaspar Casal?; ni una mano levantada; ¿y Cajal?, “el que inventó la neurona”; ¿podríais decirme alguno de los presentes qué le dice el nombre de Gregorio Marañón?, uno solo balbuceó “un escritor”; al repreguntar si lo podían situar en una época el silencio fue total. De los asistentes a clase nadie supo el título de una obra de cualquie-ra de los tres. Esa es la realidad. Un “ya casi graduado”que no sepa responder resueltamente a estas preguntas podrá llegar a ser en el mejor de los casos un gran técnico, pero no llegará a ser un médico completo y poseedor de la valiosa tradición intelectual de su oficio. Si además no cuenta con la fortuna de sentir en algún momento el influjo del magisterio, el caso se agrava.Tal es la otra cuestión. Los es-tudiantes padecen la superstición de la modernidad y el esnobismo de un falso magisterio, seguramente sin tener culpa. La falta de dominio del entorno y las consecuencias del presentismo les irán atorando el camino del conocimiento y de la libertad; nunca les llegará al cerebro sangre completamente oxigenada. Estas son consecuencias de algunas carencias que fuimos poniendo sobre ellos.

          La cultura médica y la figura del maestro debieran situarse como contrapeso del modelo que se viene planteando. Porque siempre han sido los maestros los encargados de enlazar lo mejor del presente con lo más valioso del pasado, a modo de puente entre cosas que cambian y otras que perduran. Lo cierto es que ahora se nos muestran mucho más las primeras que las segundas. Se ha repetido muchas veces una anécdota contada por Umberto Eco de sus tiempos de profesor universitario. Un alumno pidió la palabra, se puso de pie y le preguntó: “Disculpe profesor, pero en tiempos de Internet, ¿para qué sirve un maestro?”. Eco se quedó en silencio unos segundos y le respondió: “Tal vez para que nadie rebuzne una pregunta tan estúpida como esa”.

          Es posible que la vida a todos nos haya permitido estar en contacto con un profesor o un jefe que nos recuerde esa anécdo-ta. Puede que lo hayamos encontrado en el aula desplegando con pasión encendida una lección sedimentada por años de práctica y de estudio, a veces ante la mirada hipnotizada de alguno de sus alumnos. O en el pase de visita del hospital; o en la sala de sesiones, transmitiendo con su puesta en escena la inmensa responsabilidad de ser médico. Alguien así puede poner en nosotros una llama que nos durará toda la vida; aquello que no se encuentra en ningún manual ni aparece si se lo busca en “la red”: un modo de aprender, de pensar, de actuar; un repertorio de valores y de formas de ponerlos en práctica. No hay modo en que la infodemia sustituya a lo que él ofrece a sus discípulos. 

          ¿Qué deberíamos transmitirles antes de terminar su período de formación? Varias cosas fundamentales. Que la medicina es primeramente un servicio destinado a quien padece, no un modo arrogante de acumular datos, “papers”, citas y aplausos de la tribu-na. Que ninguna innovación, ningún conocimiento nuevo, puede ser útil si ignoramos el contexto de aplicación. Que las habilidades y las competencias se aprenden, se entrenan, se automatizan; pero el sentido de la oportunidad de su empleo es siempre nuevo, siempre único y singular. Lamentablemente, pocas son las informaciones que recibimos que nos hablan de medicina; la mayoría son datos, nove-dades, “evidencias” y recomendaciones consensuadas, pero debiéra-mos saber que la medicina es mucho más que eso. Por tal motivo tener presente esta idea en estos tiempos es algo fundamental. Es absolutamente necesario articular lo mejor del conocimiento rigu-roso de lo actual con el espíritu milenario de una profesión. Si no, lo que empieza a insinuarse es la triste distopía de una medicina donde un paciente se enfrenta a una computadora y consulta al doctor Google como a un oráculo y que como verdadera práctica médica está definitivamente muerta antes de nacer. 

          Otra consideración a la que nos debemos enfrentar. Estamos obligados a reconocer para cada caso clínico que toda enfermedad tiene un aspecto biológico, un impacto subjetivo y uno social. La medicina, precisamente por eso, no es una ciencia. En su ejercicio no resulta suficiente conocer el razonamiento fisiopatológico, siempre necesario; sobre ello es imperativo adaptar el conocimiento a la par-ticularidad de cada individuo. El acto médico es la sustancia y la cir-cunstancia; debemos tratar enfermos más que enfermedades. Todo eso el maestro lo decanta en el tiempo, lo lleva interiorizado, lo sabe y lo transmite. Quien llegado el momento oportuno se mueva junto a él se sentirá transformado, ya no será el mismo. 

         A eso se refiere el que corren tiempos difíciles para la medicina. Parafraseando al poeta, es esta una época turbulenta en la que la no-vedad arrasa con la reflexión y la información con el conocimiento1. Y tras ese juicio surge obligada la necesidad de encontrarle al mis-mo alguna explicación. Comprender esto nos ayudará a ser médicos más felices, porque la felicidad del médico es siempre el producto del encuentro con nuevas preguntas que nos hacen mejores a noso-tros mismos, descubriéndonos las poderosas razones para abrazar una profesión que justifica una vida o para dejarse abrazar por ella cuando nuestras propias existencias se sientan amenazadas. 

 

Venancio Martínez Suárez

 

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1  Primer canto del poema La roca, de TS Elliot.